Nos parece
evidente que una parte del malestar y el sufrimiento de los seres humanos nace
de acciones reprobables, egoístas o que buscan el beneficio propio. Sin
embargo, aunque no resulte tan evidente, existe otra parte de ese malestar que
es fruto de acciones hechas con la mejor de las intenciones. Quiero poner el
foco sobre ellas.
Si alguien aspira
a relacionarse, educar, trabajar… (añádase cualquiera de los verbos en los que
se concretan las cosas importantes de la vida) sin dificultades es que no acaba
de entender de qué va eso de vivir. Las dificultades son parte inherente de la
vida. Crecer significa aprender a afrontarlas de manera adecuada y, en
determinadas ocasiones, “simplemente” aceptarlas (por ejemplo, cuando se trata
de un suceso pasado que ya no podemos cambiar).
A veces, sin
embargo, más por torpeza que por mala voluntad (en la mayoría de las ocasiones)
contribuimos a convertir las dificultades (nuestras o de los otros a los que
pretendemos ayudar) en problemas. ¿Cómo? De tres maneras:
1. No actuando
cuando toca actuar. Cuando, por ejemplo, evitamos reiteradamente afrontar
agresiones o insultos en un contexto educativo alegando que son cosas de críos
o que han de aprender a defenderse por sí mismos, podemos estar sentando las
bases de un clima de relaciones en el que se vulneren derechos y se generen
profundos problemas de sufrimiento de algunas personas.
3. Actuando en
niveles inadecuados. Cuando intentamos resolver hablando una dificultad que
conviene afrontar actuando, cuando pretendemos analizar racionalmente lo que es
una dificultad emocional o cuando damos respuestas asistenciales a conflictos
estructurales…. También en estas ocasiones podemos estar contribuyendo a
convertir las dificultades en problemas.
Por eso es tan
importante, para los que nos dedicamos a la Educación social o el Trabajo
social, no tener las intenciones como termómetro que determine la bondad de
nuestra actuación. Actuar bien tiene que ver con los resultados de nuestros
actos.
Como el padre de
los deberes, algunos profesionales de la Educación social o el Trabajo social pueden
también acaban construyendo “ayudas que no ayudan” porque incapacitan o generan
falta de autonomía. Y también, como en el caso de los educadores ante las agresiones,
podemos evitar afrontar situaciones difíciles y esa evitación es fuente de
problemas mayores.
Cuando nuestra
función es contribuir a la mejora del bienestar y la calidad de vida de las
personas, las buenas intenciones no sirven si, con ellas, somos cómplices de los
problemas. El mundo necesita gente con ganas de ayudar, pero, sobre todo,
necesita profesionales con criterio para distinguir lo que ayuda y lo que
complica la vida a las personas, críticos con su propia actuación y capaces de
rectificar si los resultados no son los esperados.
A veces, la mejor
actuación comienza cuando somos capaces de dejar de hacer lo que estábamos
haciendo. Así de simple y complicado a la vez. Como la vida misma.

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